Lo que el invierno nos dejó

previous arrow
next arrow
PlayPause
Slider

 
Harold y su carrito tomaron el transbordador en Port Liberte. Me fijé en él mientras avanzaba lentamente por la cubierta de proa. Con esa falsa sensación de superioridad que proporciona una apariencia respetable, le seguí disimulada y altivamente hasta el interior de la nave, con cierta distancia, con el temor de que estuviese dispuesto a saltarse las normas de la corrección social e increparme o darme una merecida hostia por acosarle con mi más que obvia persecución.

La sombra del compartimento se inundó de una luz mortecina en cuanto el ferri terminó la maniobra de retroceso y puso rumbo a su destino. Le observé, cabizbajo. Tampoco él me quitaba los ojos de encima. «Eres de los míos», dijo finalmente cuando nuestras miradas se habían cruzado tantas veces que disimular resultaba ridículo. «Homeless es la palabra que utilizan por aquí para designar a quienes, como nosotros, han decidido vivir en libertad». Desvié la mirada con un gesto de disimulo, como si sacarle de mi campo de visión pudiese eliminar su presencia. «Tenemos palabras para todo con tal de no llamar a las cosas por su nombre; pobre, mendigo, harapiento, desplazado, loco, ladrón, peligroso, un mal ejemplo para nuestros dóciles hijitos. Es lo que piensan, aunque prefieren definir nuestra carencia, ¡homeless!, y creer que deseamos su casa, su maldita hipoteca o las exigencias de su indeseable familia». Le escuchaba con atención, asintiendo a cada palabra. Instantáneamente, el miedo se había convertido en una especie de admiración bañada con una fina capa de desconfianza. «No admiten que no deseemos ser como ellos». Se enderezó ligeramente, descruzó sus piernas. Noté cierta vergüenza cuando restregó su mano sobre el pantalón: «Me llamo Harold», y la extendió, avanzando ligeramente su cuerpo para alcanzar el asiento donde me encontraba. Era suave, huesuda, caliente y húmeda. Sentí que toda la suciedad del mundo saltaba de su mano amable a la mía helada. «Te he visto hacerme la foto», dijo apuntándome con su dedo índice. Hurgó entre las bolsas de estraza que se apretujaban en su carro y sacó una polaroid vieja. «Funciona perfectamente». La sujetó entre sus manos y la observó orgulloso. Del bolsillo de su sudadera sacó un cartucho, le quitó el precinto y lo insertó en el aparato. «Los consigo en la tienda de Xuan Nguyen, el usurero vietnamita de Eldridge St».

Me ofreció su cámara y me pidió la mía. No tuve oportunidad de inventar una palabra antes de que Harold comenzase a reírse. «¿Tienes miedo de que te la robe?» De nuevo su mirada fija en la mía, su sonrisa apagada, probando mi carácter, sin duda. «Olvídate de sus miedos, no eres uno de ellos». ¿Cómo lo sabía?, era la primera vez que nos veíamos. En muchos aspectos sigo siendo un esclavo, aún no he sido capaz de desaprender lo necesario. «Vamos muchacho, no te compras un abrigo hasta que el viejo está hecho trizas. Para esta sociedad tienes tan poco valor como yo». ¿Tanto se notaba mi dejadez, ese desinterés creciente en la apariencia? Yo me creía respetable, incluso para los más exigentes y vacíos. «Y sin embargo, mira tu cámara. Está bien, está bien, no hay nada malo en gastar un buen montón de billetes en un cacharro como el tuyo. Seguramente pasaron años antes de que te decidieras a comprarla». Me devolvió la máquina. «Esta vieja cámara la encontré en un cubo de basura. Ahora sólo me importa disparar, click, y ahí está mi momento convertido en la verdadera realidad». Le pregunté si era fotógrafo, artista. «Soy un homeless, ya te lo he dicho. Busco entre sus desechos, los despojos que sus amos les inducen a despreciar. Los fotografío y, si valen algo, se los llevo al usurero de ojos y conciencia rasgados. Así consigo los cartuchos para la cámara y los dólares para emborracharme».

Llegamos al muelle 11, en Wall St. «Ya estamos en marzo, ¿verdad?» comentó para sí mientras saltábamos a tierra firme. «Es una buena época, la nieve se larga y es hora de recolectar lo que el invierno nos dejó». Sin intercambiar palabra alguna continuamos hacia el norte de la isla, por entre los edificios sombríos. Harold andaba deprisa, empujando su carro, su polaroid colgada al cuello. Me pregunté por qué seguíamos juntos. Yo no tenía nada mejor que hacer, él no lo sabía, quizá sí. Asumió que le seguiría, como si fuese lo único interesante que podía sucederme en aquella jornada. Un tipo astuto, delgado como una comadreja. Su rostro recién rasurado contrastaba con el aspecto de indigente que, a mis ojos y muy poco a poco, se estaba diluyendo. Imaginé que acompañaba a un artista en su performance. De una forma ladina, me había reclutado para documentarla. Su ropa manchada se había transformado en la indumentaria que cualquier pintor habría utilizado en su taller. Parecía aislado del mundo, concentrado en su propia locura mientras avanzábamos en silencio hacia Chinatown, adonde llegamos sin apenas darme cuenta. Al contrario de lo que mi imaginación había elucubrado, ninguna imagen entró por el objetivo de mi cámara. «¿Me dejas veinte pavos para comprar un par de cartuchos?» Busqué un billete en mi bolsillo y se lo tendí. Abrió una puerta, se adentró por un zaguán asqueroso y me dejó en la calle, junto al carrito. No sé cuánto tiempo esperé, hacía años que había decidido dejar de preocuparme por el paso del tiempo, nunca llevaba conmigo reloj alguno. El frío empezaba a calarme bajo el abrigo y dudaba sobre mis opciones, todas las imaginables si de verdad no fuese yo el esclavo qué Harold se empeñaba en no reconocer. Empujé su carrito hasta una cafetería cercana. Habíamos cambiado los papeles, me sentía ridículo avanzando con aquella carga que no me pertenecía. La estupidez del servicio estadounidense les obligó a atenderme con fingida normalidad cuando, bregando con el puto carro, me senté en el interior a tomar esa taza caliente que tanto necesitaba. Miradas desconfiadas, sonrisas falsas, la animosidad neoyorquina en estado puro. Y por si no fuera suficiente, con el primer sorbo me quemé la lengua y el brinco hizo que parte del líquido se derramase sobre mi camisa. El abrigo desgastado que Harold me había hecho notar, la camisa salpicada de café, la barba descuidada del viajero que no piensa demasiado en su aseo personal y un carro metálico con bolsas de papel ajadas y de marcas vulgares; con qué rapidez puede uno parecer lo que ¿no es? a ojos de un desconocido. Mi propia mujer no me habría reconocido en, suponiendo que hubiese aterrizado en este país de libertades al que siempre se negó a viajar. Harold pasó delante del escaparate del café. Me levanté enseguida, salí corriendo tras él, cargando con su carro y con el abrigo a medio poner. Harold, Harold… espere, por favor. Tuve que alcanzarle y zarandear su hombro para que se detuviese. «Pensé que te habías largado», dijo mirándome extrañado. «Gracias por cuidar del carro, en esa ciudad no te puedes fiar de nadie». Se metió la mano en el bolsillo y me devolvió un billete de cinco. Me asusté cuando, tras de mí, escuché los gritos de la oronda y rubicunda camarera acusándome de no pagar mi bebida. Le respondí que no pensaba marcharme, de hecho, mi café aun seguía apenas intacto sobre la mesa. Amenazó con llamar a la Policía. Harold me arrebató el billete de la mano y se lo tendió. «Toma, cariño», le dijo a la gorda, que aún tenía las mejillas coloradas por la carrera, «no te preocupes que tu amo no te lo descontará de tu miserable sueldo. Y quédate con la vuelta, querida, tu servicio es ejemplar». Lo dijo mientras le daba unas palmaditas en sus rojos, ahora de ira, e inflados cachetes. «Vámonos, muchacho, esta gente no sabe perder y lo que menos necesitamos son problemas». Harold volvió a empujar su carrito. Le seguí. Extrañamente comencé a sentir cierta seguridad junto a él. «El viejo usurero me ha vendido dos por quince. La mayoría están caducados o son de contrabando, falsos, chinos, ya sabes, pero, al final, las fotos salen». Caminamos hasta Canal St, donde tomamos la línea Q en dirección a Coney Island. «Aquí en la ciudad es difícil encontrar algo de valor. Todos están ansiosos por conseguir más dinero, por demostrar que son mejores; no encontrarías ni una migaja del pan que devoran en sus quince minutos de asueto».

En el vagón la gente nos rehuía disimuladamente. Para cuando el metro atravesó el gran puente metálico ya nos habíamos sentado. Harold sacó un taco de fotografías del bolsillo trasero de su pantalón, las mantuvo en la mano; parecía un muchacho orgulloso de su colección de cromos. Pude ver la primera, un guante rosaceo de Hello Kitty tendido en el suelo. Le pregunté si podía ver el resto. Su soliloquio no se alteró mientras guardó sus polaroids. «Soy un homeless, sí, pero he conseguido crear una obra magistral, sintetizar el funcionamiento de la sociedad en unas pocas imágenes, tan escandalosamente cotidianas que ni el mismísimo Warhol se hubiese percatado de la relación». ¿El artista pop?, le pregunté aun sin obtener respuesta alguna. «¿Sabes cuál es el problema de los esclavos? El exceso de tiempo. No saben cómo gastarlo. Yo recojo, vendo, vivo y hago arte de los pretextos que utilizan para consumir ese tiempo que tanto les asusta». Harold, este tipo loco que me había arrastrado hasta Brooklyn, parecía necesitar compañía como el viejo actor decadente en su última función; multitud, ruido, aplausos que justifiquen la actuación. Decidí dejar de ser el público que Harold andaba buscando. Le dije que se me hacía tarde. Bajaría en Atlantic Av y, desde allí, seguiría mi camino. «Déjame demostrarte que no estoy tan chiflado, acompáñame». Continuamos hasta Prospect Park, donde salimos del metro y cruzamos Ocean Av para adentramos en el parque. Aún quedaban grandes superficies de nieve, casi toda sucia y pisoteada. Las lomas comenzaban a exhibir el verde brillante de una hierba renacida, sobre el lago flotaban minúsculos bancos de hielo. «Mira aquella familia, allí». El carrito dejaba un surco sobre la nieve, una buena pista para volver sobre mis pasos si la expedición se complicaba. «Han colgado la bufanda del chaval en la farola, debe de tener calor, quizá su madre le obligó a ponérsela. No es color para los niños pusilánimes de este tiempo, desde luego, pero a la menor oportunidad se han deshecho de ella». Reía y movía la cabeza de izquierda a derecha mientras empujaba sus pertenencias a través de los desniveles del parque. Pasamos bajo un puente de piedra. Harold se detuvo e hizo una foto a un gorro de niña olvidado sobre la nieve. No la miró, sacudió su mano ligeramente para airearla y la guardó en el bolsillo trasero de su pantalón, junto al taco que sobresalía de su carente culo. Se agachó, sujetó el gorro de lana por el pompón y lo limpió con cuidado para guardarlo en una de las bolsas de su carrito. «Quizá recuperemos los quince pavos del viejo». Así, escudriñando, observando a los visitantes del parque, anduvimos mientras el sol cambiaba la dirección de nuestras sombras. Atardecía cuando volvimos sobre nuestros pasos. «Hay que recuperar la bufanda». ¿La bufanda?, pregunté. «No creerás que la familia feliz se ha molestado siquiera en desatarla de la farola, ¿verdad? No, ni mucho menos. Ahora tienen la excusa perfecta para ir al mall y comprar una nueva, más a la moda, más calentita, de más calidad, más, más, gastar más, siempre más. ¿Acaso un esclavo no merece la mejor de las bufandas que se vendan por aquí? Mira, allí está». Tomó la foto, la desató e hizo la misma operación que con el gorro.

Salimos por Bartel-Pritchard Square, donde se detuvo. «Ahora tengo asuntos que atender». Sacó el mazo de fotos de su bolsillo y, apretando sus labios, hizo un gesto imaginando el número de polaroids. «Te lo puedo dejar en 60. Quitándole los quince que me has adelantado, 45, ¿te interesa? Arte en estado puro». Me gustó que reconociese su deuda. Me quedaba claro que, en caso de no aceptar su ofrecimiento, nunca recuperaría mi dinero. Le tendí mi último billete. Buscó por sus bolsillos hasta que juntó tres dólares. Rebuscó después en una de las bolsas de su carro, sacó la bufanda y la colgó de mi cuello: «Estamos en paz», dijo ofreciéndome su mano. «Recuerda, no hagas tuyos sus miedos, nosotros no queremos ser esclavos».

Marzo de 2017