Sombras del Peloponeso

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Antes incluso de contarle los dedos, de revisar cualquier rastro de mal augurio, la partera cubre al recién nacido con una pieza de algodón. Hasta el atardecer del día siguiente lo mantendrá entre rezos, aceites y la teta de su madre, envuelto totalmente salvo por el rostro sobresaliente. Las sombras, junto con los humores maternos que le han protegido durante la gestación, quedarán así ligadas al lienzo.

A pesar de la fuerte tradición, la seguridad de un hospital hace que las mujeres tengan a sus hijos fuera del alcance de las comadres, lo que imposibilita conseguir la gasa donde se arropa a la criatura por primera vez. En muchas ocasiones, lo bebés son lavados antes incluso de rodearles con su primera cobija, un acto inconcebible para las más viejas en la península del Peloponeso.

En la zona mas occidental de Mesenia, hacia el sudoeste de la Península, muchas mujeres todavía deciden parir en casa. La costumbre dicta que el marido, tras el parto y siempre caminando, llegue hasta la enriscada ladera donde vive doña Halia. Tocará la campana y esperará en el patio hasta que aparezca la maga. Le hablará del nuevo nacimiento y le entregará una gratificación por sus servicios. Hoy en día, una línea telefónica llega hasta el monasterio, y basta con un llamada para encomendar la tarea.

Doña Halia existe desde tiempos inmemoriales. No se trata de una única mujer. Es un cometido, un ministerio de la tradición Zoroástrica que esta hermandad, situada en las montañas de Stilianos, lleva a cabo al margen de su obra religiosa.

A mediodía, desde las montañas del cenobio hasta el llano de la costa, doña Halia recorre la comarca recopilando lienzos de recién nacidos. La acompaña Damen. En cada parada, las familias ofrecen variedades de ouzo casero, sencillo y peleón, pero  que, tanto la hermana como su chofer, beben plácidamente y en abundancia mientras reciben la propina camuflada entre los pliegues húmedos y aún templados del tejido.

Al anochecer, sea la hora que sea, Damen conduce a doña Halia a la base de una montaña afilada, junto a la playa. La esperará allí, paseando por entre las plantaciones de naranjos que contienen el Mediterráneo, con su radio y su hoguera encendidas, acompañado quizá por algún desconocido que sin palabras se una a su contemplación.

El camino es largo, normalmente opaco, asfaltado en un comienzo, de gravilla rojiza cubierta por hiervajos indómitos hacia el final. Durante la subida, doña Halia canturrea, alumbra el camino con la intensa luz que proyecta su linterna. Cada tanto se voltea hacia el Mediterráneo, cubierto en esta noche de borra. Se detiene repetidas veces, apoya su lámpara sobre las ramas de los olivos y les habla a las sobras que van naciendo, a las figuras que ella misma  origina apuntando su resplandor hacia lugares bien concretos. Su propia sombra, dibujada sobre el camino, parece tener vida, se mueve entre las veredas, desaparece, se mezcla con las figuras que nos acompañan. Esta especie de ritual, de diálogo entre sombras, se repite durante buena parte del trayecto.

Doña Halia carga en su espalda con el hatillo de los lienzos. En un punto del camino, atravesadas unas ruinas de la antigua civilización, en un momento en el que la Luna alumbra tanto como un sol, apaga su bombilla y extiende la manta sobre las piedras que alguna vez formaron una calzada. Separa los paños. A la luz de la noche, aún se aprecian claramente los colores de la vida. Los huele, los acaricia con sus dedos blanquecinos, separa las piezas, las dobla con cuidado, las alisa y estira hasta que parecen aplastadas por el peso de un metal incandescente. El fardo se convierte en una pila de sábanas que, ahora, reanudando de nuevo la marcha, sostiene sobre sus antebrazos ligeramente alzados hacia el cielo.

En la cima de la montaña, doña Halia me invita a esperarle tras un murete de piedra. La maga lo traspasa, se adentra en la noche cerrada. Oigo un golpeteo  de piedras, la tierra escarbada, sus cantinelas. Afilo mi oído tratando de escuchar, de entender un diálogo que parece mantener con otras voces. Son varias, al menos tres. El tiempo pasa indeterminado bajo la bóveda de nubes mientras el silencio se va adueñando del lugar. En este sosiego el mundo parece finalmente detenido. Doña Halia regresa. Se ha cubierto la cabeza con la manta. «Los muchachos están ya encomendados, los antiguos maestros les darán su protección», me dice. Sus pasos de vieja desconfiada, rápidos, cortos y ligeros, son ahora lo único que acompaña nuestro descenso. La religiosa lleva su luz apagada. Algo grita al alcanzar la playa. Damen se despereza, arranca el coche y desaparece con Dona Halia. El calor del fuego genera un contraste agradable frente al frío de la arena que comienza a reflejar la luz del Sol.

Febrero de 2017