Tan previsible Nueva York

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Fotografié Nueva York durante cinco semanas sin ningún resultado. La visión de aquella primera serie fue la misma que tantas veces había interiorizado recorriendo libros y películas, estadounidenses o no, lo que considero, si cabe, aún más impostado.

Viviendo allí conviví fugazmente con los orgullosos y predecibles moradores de los cinco vecindarios que constituyen la ciudad. Más allá del color o el estatus social de cada barrio, casi de cada calle, percibí cómo viven sumergidos en aquel estereotipo irreal al que se aferran como única vía de justificación para defenderla como la capital del mundo, por más que su realidad esté tan distante a su sueño.

Sus habitantes, figurantes de un decorado que se cae a pedazos, le dan la espalda a la evidencia y prefieren continuar anclados en el falso mito de la libertad, de la vanguardia moral o artística que tanto tiempo atrás huyó hacia lugares más sinceros.

Con esta nueva visión, la de retratar una realidad que los neoyorquinos pretenden obviar, caminé durante meses por sus calles en busca de esa imagen que, seguramente sesgada, había construido de la ciudad. No creo haberlo conseguido, si acaso en parte: como si de ella hablara quién nunca vivió allí o el que sólo la conoce de oídas, Nueva York me sigue pareciendo llena de estereotipos, aburrida, tan previsible.

Septiembre de 2015